Ellos comenzaron a hablar. Un chat, cómo se conoce en la modernidad, así sin carne, atravesados por un espacio real de kilómetros, pero próximos a una pantalla. Nada comenzó típico, jamás lo fue. De entrada. Y aunque uno de los dos se resistía a la idea, las palabras fluian, aparecían. Era atento, no tierno. Creyó que no le costaba decir lo que le pasaba. Y costo pero un poco se abrió, le contó parte de quién era, de lo que le pasaba, lo que sentia. El primero fueron 14 horas, los próximos también. Se sorprendía de las ganas que tenía de saber de él, de su día a día. Se daban sus tiempos, se compartian hasta fotos de la cena. Se vieron, y se siguieron hablando igual. Más y más charla. Ya no eran tan largas y profundas como las primeras veces, pero seguían siendo lindas. 

Le dijo que quería verlo. Empezó a dar vueltas, a poner "pero". No insistió, quizá no era el momento. Al día ya no le hablo más. Al siguiente tampoco.

¿Quiso preguntar? Si, tenía ganas. ¿Que paso? ¿Te hice algo? ¿Dije algo que no debía? ¿Dejé de ser interesante?... Y más preguntas flotaban en su cabeza. Ahora bien, se preguntarán porque no le hablo. Porque quizá entendió que eso lo haría sentirse vulnerable, frágil, y no quería. Ya bastantes golpes te da la vida, y aceptar que te gusta saber de alguien, hablar con alguien, es ya un montón que procesar. Es entregarle un poder tan grande al otro, que su tierno ego no podía afrontar. Se sintió un estúpido. Un inmaduro, un insensato emocional, un náufrago en sus palabras. Porque no, no quería conocer a alguien en verdad, no quería formalizar, ni proyectar ni idealizar a nadie. Hasta que apareció este chico, uno que creyó le podía gustar. 

Que tonto el corazón, que aprende a temer. Que masoquista la cabeza que te convence de no actuar, de no buscar. Que idiota fui al permitirme sentir miedo del sentir. 

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