Torta de manzana
¿En qué punto uno puede decir: realmente ya fue? ¿Que nos hace pensar que uno pudo superar algo? ¿En qué momento somos concientes de que ese algo se ha soltado? Transicionado, desvestido de energía, perdido su encanto.
Porque deshaserse del objeto presiado no es fácil, puesto que cada uno de nosotros ya ha vivido, seguramente, una obsesión amorosa. Algo de ese más allá, de la tendencia masoquista, que intenta revivir una y otra vez aquella relación que, en sus adentros, reconocemos nefasta. Todes, en algún punto, intentamos en algún momento de nuestra vida encarar una relación que debió ser desestimada de entrada.
Y así, cómo recubrimos de ropajes que nunca le pertenecieron a un objeto que nunca fue, llega un punto de clic en la que podemos soltar. Porque aunque las heridas ahí están, puesto que todo ello inevitablemente nos lleva (al menos a mí) a preguntarte sobre los motivos que me llevaron a elegir ocupar ese lugar, quien fui yo ahi, que quería, que buscaba, aún puedo decir con toda seguridad que hoy vengo con algún tipo de respuesta.
Si la presencia (o ausencia) del objeto no angustia, es pues el camino de la superación. Si el objeto se puede hacer ver, si puede enviarte un mensaje e ignorar, si ese otro ahí está y en tu interior nada pasa, más que cierta melancolía, quizá, puede que esté sea el lugar para afirmar: se soltó. No añorar, no objetar su partida, no revolverte en recuerdos inventados, en promesas vacías, en inquietud del espíritu. Cuando simplemente puedes convivir con ese adiós, sin más.
Es entonces el afrontamiento final. El afrontamiento con la falta. Entender que el árbol deja caer muchas muchas manzanas, y yo... Yo quiero hacer una torta
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