Hoy me quiero poner psicoanalítico. No al modo grosero, más bien reflexivo. Tan obse que asusta. Porque el miércoles tuve una clase y, una vez más vinos uno de esos textos de Freud que te dejan volando la cabeza. La comparación entre neurosis y psicosis. Y quizá mí lector imaginario poco conocerá de la lectura de este gran hombre, pues le cuento que el neurótico, en su gran fabricación de síntomas (a modo de defensa, claro está) juega con su energía, que el bautizo cómo libido, y la hace recorrer de aquí a allá. A modo de mecanismo, el neurótico invierte esa energía que proyecto en los objetos, a su yo, pero la coloca en la fantasía. Ya no necesita acceder al objeto externo (pues este es complejo) sino que se conforma, en el gran conflicto psíquico, con ocupar parte de esa libido en objetos de su fantasía... Inhibición. Me dejó resonando, al modo árbol. Una idea que me tocó, un modo de vida que ocupe tantas veces. ¿Cuántas veces preferimos preguntarnos mil y una veces sobre el correcto accionar, sin accionar? ¿Cuántas veces la pregunta pesa más que la respuesta?
Hace algunas veces salgo con un chico. Uno que me gusta, mucho. Tiene el complemento perfecto de aquellas mínimas estupideces que me erizan el pelo. Pero hay un problema, su armado obsesivo. Y si, aquello con lo que no puedo enfrentarme, otro obsesivo, se presenta ante mí vestido de los ropajes de mí Edipo, bello y opulente, llamativo y seductor. Y siento grandes cosas por el, pero no sé cómo mediar con ellas. Cómo avanzar. Hace dos días que no hablamos, y no entiendo cómo, algo se volvió raro en esa relación y me hace sentir orgullo para buscarlo, que al fin de cuentas es lo que quiero. Me gusta, mucho, y eso me inhibe. Pero también siento resistencia, por mí historia de no poder hablar, de preferir mostrar el velo de un yo desgacido, ante la cuestión. Quizá esté sea un buen planteo nuevo de post, pero ¿Por qué me cuesta tanto relacionarme con un chico cuando esté me gusta de verdad? Y saben... Entendí que mis vínculos oportunos ocasionales de estos tiempos eran más bien espejismos ante aquello que a uno lo mueve, que aunque quizá sea carne de análisis, es aquello que en el hoy me puede. Y L me puede. Mucho. Hay algo en su discurso, en sus modos de recibirme, en sus maneras (y no tan maneras) de alojarme que me pueden. Y aún así me encuentro con una encrucijada cuando su lugar me hace sentir juzgado, poca cosa, inhabilitado para estar con el. Y me inhibo. Prefiero no hablarle cuando quiero. Procrastinar. L me gusta, más de la cuenta, más de lo que alguien debería gustarme, y hablo del deber ser, de aquel lugar ideal que escupe nuestra mente. Pero aún así me inhibo, prefiero ocupar mí tiempo en otra cosa que pueda distraerme. Pienso en el, lo recuerdo, y elijo, conciente no elegirlo. ¿Que me pasa?
Otras opciones. ¿En qué punto mí mente ocupo cómo lugar de respuesta, que ya habrá otros chicos que puedan ocupar el lugar de: chico que te gusta? Cómo fantasía. Y ahí está, ahí aparece Freud, pues tan solo estoy aplicando teoría neurótica para escapar de mí deseo. Simple. Cuánto alguien te gusta, corre, hulle. No te la juegues.
Que estúpido corazón, que se marcó con la idea de no sentir. Que ignorante el alma que cree que puede vivir sola. Que se conforma con aquel sin respeto por lo que, en el fondo siento.
Negarse los más pálpitos del anima, porque así creo que puedo ejercer cierto control. Y acusa a L de mostrarse obsesivo, cuando soy yo quien se viste de esos ropajes.
Tonto Eze, con el corazón maltrecho. Que sufre por amor, pudiendo disfrutar de todo ello.
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