¿Es acaso tu ego la razón de mí indiferencia? ¿O es el mío, intentando protegerse? En qué punto, la tranquilidad dejo de ser mí estado, para convertirse en un remolino en tu presencia, y es acaso la ceguera del enamoramiento que empieza a desaparecer que también puedo sentirme una persona sufriente a tu lado.
Y no, no reniego del dolor, pues es inverosímil pensar un vínculo sin, pero pienso en mis adentros que, si me lo permito sentir todo estará perdido. Pues tu amor solo lo verá como un estorbo al yo.
Me siento un infante loco, un niño desprevenido que ahora ruega por tu amor, uno que no corresponde pedir porque me entregué a la idea de que algo de lo que yo te daba, podía ser devuelto. La ilusión de la media naranja, del 50 por 50. Porque aunque se que no existe, algo de eso debe por lo menos jugarse en la fantasía. Y aquí no es más que una película que miro de reojo.
Me atrevi a pensar que si me adaptaba a tu placer algo se motorizaria, y ahora no sé cómo decirte que también es mí cuerpo el que quiere ser tocado, visto. Y siento pena, rabia, angustia en decírtelo y sentir que te pierdo. Me siento parte de un acto masturbatorio, y eso perturba. Un actor, una escena, un volver a mirar de reojo.
Escapó ante la idea de que algo se pueda movilizar ante mis palabras, porque las encuentro vacías, inconclusas. Porque una vez más siento que si te las digo, tu ego se aburriría de escucharlas y pasaría a rumiar con otra cosa. Muy rápido.
¿Donde estoy yo? Porque ni compañero me siento, tan solo una prolongación de una mano que da placer, de una boca que chupa, de un recorte. Despersonalizado
Si me voy, me retiro sintiendo que lo di todo. O al menos lo intente. Y que aunque la locura está vez gano la partida, te cuide.
No resignar tu esencia, tu placer, tu deseo por quién tan solo requiere de un escape mitico.
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