San
Siempre pensé que solo podíamos aprender de aquellas personas mayores. De aquellos sabios (y no tanto) que poseían el conocimiento. Yo quería ser ellos. Quería parecerme, pertenecer. No importa que edad tenes, habrá alguien mayor, con más experiencia, que te vendrá a iluminar.
Los padres, los maestros, los grandes sabios que escribieron los libros que yo leí, todes me superaban en edad.
Trazamos una diferencia entre humanos en desarrollo y los ya desarrollados, los que ya aprendieron y los que deben aprender. El binarismo maestra alumno, todo así... Bien cerrado.
Hasta que un día descubris que vos, con más de 30 años aprendiste tanto tanto tanto de un nene de 8/9 años que cada cosa que venías pensando se derrumba.
Hoy le dije adios a Santi. Mi amigo y compañero. Porque eso sos, a tus poquitos años, que dejaste marcas en mi que nunca se borrarán.
La historia es larga. Y aún así la recuerdo con detalle. Porque quizá este triste corazón solo quiera aferrarse a esos recuerdos para no perderlos...
Conoci a Santi sin querer. Un trabajo. Yo debía acompañarlo, ser su apoyo pedagógico. Ayudarlo en el camino de crecer, para que todo nos duela menos, para que la inclusión se vuelva real, y no un invento del capitalismo para acallar el reclamo popular.
El día que lo conocí tuve mucho miedo. Porque Santi aún era callado, y distraído ¿Que vendría después? El incierto camino se volvía eco de ansiedad. Después empezamos a convivir. Uno, dos, tres días. Que se conviertieron en meses. Cada día, cada mañana, el era mi amigo. Yo no era ni mejor ni peor que el, solo estaba ahí para darle una mano, cuando la necesite. Y si que costó, sus enojos y berrinches no se hicieron esperar. Y si, tuvimos peleas, muchas. Hasta que llegábamos a acuerdos. Porque con Santi solo había dos regla: no mentir y decirnos que nos pasaba. Porque el también me escucho, a su corta edad, conoció mis miedos.
Los progresos que hicimos juntos, fueron impensados. Aprendimos a regularnos, a hablar. A qué todo se solucionaba con una sonrisa al final. Un abrazo.
Voy a extrañar mucho tus abrazos improvidados, tus besos en el cachete fuera de lugar, la manera en la que me mirabas cuando te hacía un chiste o te armaba un cuento fantástico para explicarte cualquier idiotez... "Ezequiel yo ya se que no tenemos sapos en la panza, pero igual te creo" eso me dijiste. Porque entendí que tú amor iba más allá de que mentirita inventara para explicar el origen de un eructo, y que vos sueltes esa tan hermosa sonrisa que tenés. Y así lo entendiste. Casi sin palabras a veces. Así, simple. Me defendías, me cuidabas, y aún siendo yo el adulto, te preocupabas por mi.
El último día de clases, del año pasado, te enojaste. Todo el día. Era raro en vos, ya no pasábamos por eso. Y aún así decidiste enojarte mucho porque habías perdido una botella. Una de esas feas de plastico que reciclamos sin más. E intente explicarte, intenté con palabras, hacerte entender lo efímero que era perder una botella de esas, y que ahí no habría consecuencias. No te importo... Seguías enojado. Y no importaba que chiste haga, o que criatura mágica se este asomando por el pasillo, seguiste enojado... Hasta que nos íbamos. Cuando terminó el día, sonreiste y simplemente dijiste "en casa yo tengo más botellas como está sabías? Porque yo sé que el año que viene te voy a volver a ver, así que chau". Los niños son mágicos, irreales a veces. Porque en ese instante lo entendí todo: vos no te enojaste por la botella, sino porque sabías que el año terminaba y no querías que dejemos de tener esas tan largas charlas. Así como yo te iba a extrañar, vos a mí igual. Aunque en el fondo sabíamos que íbamos a volver a encontrarnos. Y lo espere ansioso, y volvimos, y tú sonrisa estaba ahí, tu mirada estaba ahí, toda tu inocencia, tu ternura y tu cariño.
Los que ya trabajamos muchos años en salud mental sabemos que si vos no sentís el deseo porque el otro este mejor, por ayudar, nada funciona. Y mi motor con vos nunca se apagó, porque no pude. Porque te convertiste en alguien especial para mí.
Confiabas en mi, y yo en vos. Eso era, íbamos juntos. A las guerras y a los momentos felices.
Te voy a extrañar amiguito. Mucho. Y siempre voy a recordarte como el gran genio que sos. Lo hermosa personita que, nada ni nadie va a poder tapar.
Y si, duelen las despedidas. Pero soy feliz al saber que te conocí, y puedo decir, no... Afirmar a viva voz, en lo gran persona que te vas a volver. En la maravillosa persona que sos y te convertirás. Adiós Santi. Adiós
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